El Real Madrid resiste el embate del Bayern y jugará su tercera final consecutiva de Champions

Un ambicioso Bayern tuvo más ocasiones, pero se encontró con un gran Keylor Navas. Benzema hizo el doblete del Madrid; Kimmich y James marcaron los goles alemanes.

Llegado al baile de la Champions, el Madrid se comporta como un Don Juan irresistible. Hace sufrir y hace llorar, pero hace, finalmente, alcanzar la dicha a quienes le perdonan sus deslices. Cómo no le van a querer si puede ser campeón de Europa por decimotercera vez.

Esta temporada, ha sido más temerario que seductor, empeñado en entregarse a la ruleta rusa. En el último acto camino de Kiev, no le correspondió la iniciativa, sino la resistencia. El Bayern realizó un pletórico esfuerzo ofensivo. Suplantó al Madrid de otras veces, pero sin ser premiado de la misma forma. La manera de caer en el Bernabéu fue jerárquica, como la de la Juve. El error de su arquero, impropio de la talla del partido, y el acierto de su homólogo, lo condenaron. Cuanto más lo señalan, más crece un Keylor que no tiene el favor de todos, pero alguien debe tenerlo en sus oraciones. Nunca deja de cumplir con ellas.

Benzema es otro de los jugadores que rehabilita esta semifinal. De no ser titular en la ida a ser capital en la vuelta, con dos tantos en los que únicamente estuvo en el sitio indicado. No es poco. Hay quien no lo encuentra en toda una carrera futbolística. Primero recogió los frutos de la gran acción de Marcelo para empatar; después el regalo que Ulreich le dejó envuelto en el área. Al balón sólo le faltaba una pegatina: ¡Felicidades!

Poco más hizo el Madrid en ataque, a pesar de los incesantes esfuerzos de Cristiano por desmarcarse. Tampoco Bale, cuando salió, encontró en el desenlace el espacio al que la desesperada carga del Bayern le invitaba. Simplemente, resistió, sostenido por mínimos réditos frente a un rival capaz de producir ocasiones en cascada, como en Múnich. Mayor que entonces fue su botín, pero insuficiente. Ni Müller, ni Lewandoswski se impusieron en las áreas. Sus goleadores fueron Kimmich y James. El Bayern fue mejor en el juego, en el dominio y en las llegadas que en el remate final.

Las razones no estaban sólo en las necesidades de uno y otro, obligado el Bayern a levantar un 1-2, sino en las debilidades del Madrid, no del todo bien resueltas por Zidane. Justo es decirlo con el viento a favor. Las razones por las que el francés no utilizó en el once a Casemiro, la baliza blanca, han de estar en relación con el estado del propio futbolista o con las sensaciones del entrenador acerca del momento del brasileño. Zidane ha sido siempre un tipo de sensaciones, importantes en un trabajo que no es únicamente método. El problema fue la forma de solucionarlo en un Madrid que ya tenía un grave handicap estructural, como era la lesión de su lateral derecho, Carvajal, y su primer recambio, Nacho.

La opción fue Lucas Vázquez, que cumplió en el desenlace en Múnich, pero 20 minutos no son 90. Le sobran corazón y piernas, pero le faltan los automatismos y la dinámica del puesto. Modric tuvo que gastar buena parte de su energía en socorrerle, puesto que era la zona más amenazante del Bayern, con Ribéry y Alaba lanzados. En el caso del croata es malgastarla, porque, a pesar de su excelente trabajo, propio de un estajanovista, deja de emplearla en la salida de su equipo. Sin ella, el Madrid no fue el mismo.

La situación abrió los espacios en el centro del campo, donde el Bayern maniobró a placer desde el arranque y filtró todos los balones que quiso, aunque no bien resueltos por sus delanteros. Fue la suerte del Madrid, y no fue la única, como demostraría el clamoroso error de Ulreich. El destino emitía ya sus señales. La alineación de Zidane, pues, podía tener sentido en el caso de tener el balón, pero desde el inicio lo tomó el Bayern, que se movió como un equipo jerárquico en el Bernabéu. Ni siquiera cuando estuvo por detrás en el marcador, se entregó. La Champions se torna en Copa de Europa en noches como la pasada. Más alemán que en los años precedentes, como si hubiera recuperado identidad con el regreso de Heynckes, los alemanes buscaron superioridades en las bandas, en especial en la izquierda. Ribéry ya había dejado claro en Múnich que estaba capacitado para reencontrarse con el 'Cara Cortada' de sus mejores tiempos, como si hubiera encontrado en el momento justo el elixir de la eterna juventud. En Madrid, tenía la compañía de Alaba, ausente por lesión en la ida. El internacional austriaco es un puñal. Para Lucas Vázquez era demasiado. Realmente, lo hubiera sido para cualquiera.

El primer golpe, en cambio, llegó por la derecha. Lejos de esos arranques a fuego que distinguían al Madrid en las grandes noches, contra el Bayern fue todo lo contrario: agua. Müller se descolgó hacia la derecha para lanzar al área. El balón era blando, pero más lo estaba la defensa madridista. Sergio Ramos quiso despejar de taco y se hizo un lío. Kimmich fue el beneficiario, el mismo futbolista que adelantó al Bayern en Múnich. La debilidad defensiva no iba a ser una característica única del Madrid, sino de ambos. El Bayern la explotó mejor por su presión alta, siempre en busca del error, pero el equipo alemán pagó más por la suya, aunque la imagen señalara sólo a su arquero en el segundo tanto del Madrid, en el que no supo qué hacer ante la cesión de Tolisso. Benzema se benefició. Lo mismo había sucedido en el empate después del tanto de Kimmich. La virtud de la acción, sin embargo, la tuvo Marcelo, por el control y el centro pasado, ambos impecables.

El fallo de Ulreich fue como un respiradero, después de una polémica jugada al final del primer tiempo, en la que Çakir no señaló una mano de Marcelo en el área. Fue un penal claro. El segundo tanto de Benzema, sin embargo, no cambiaba en lo sustancial los objetivos del Bayern, que necesitaba goles para alcanzar la final, únicamente lo apremiaba. Aumentó los niveles de posesión el equipo bávaro y fue con todo, poderoso. Keylor rectificó a tiempo para repeler un disparo de Alaba desviado por la cicuta. Como en Múnich, apareció cuando más agobiado se encontraba el Madrid. El Bayern, sin embargo, era una maza. El gol llegó como el trueno después del relámpago. James golpeó, remachó y pidió perdón al respetable. De ahí en adelante, Keylor no lo volvió a permitir. Kiev bien vale una de sus oraciones.