Ganó el Real Madrid en Múnich con oficio de camp…

26.04.2018

Tercera victoria consecutiva en el estadio bávaro. Marcelo y Asensio respondieron al gol de Kimmich

El sabio Heynckes, conocedor del legendario trauma madridista en Alemania, quiso plantear algo clásico, la vieja tormenta en la que el Madrid quedaba destrozado. Así que lo puso todo en el campo. La salida fue encorajinada, pero se enfrió en diez minutos, entre otras cosas por la lesión de Robben, que aplacó su empuje, trastocó su once y le quitó una marcha. En el Bayern James era casi mediocentro, y en el Madrid Modric hacía de Benzema. Un 4-1-4-1 en los dos, pero en el Madrid lleno de medios y de prudencia. Zidane evolucionó siempre en Champions, del 4-3-3 con la BBC a cinco en el mediocampo. Anticipó sufrimiento mutuo, y acertó. Acertó en cómo sería el partido (como en una profecía autocumplida) aunque no del todo en su planteamiento inicial.

El Madrid era un equipo para tener la pelota pero sin la pelota (Isco y Modric quedaban muy lejos), aunque el Bayern también sufría en la salida. Se imponían las presiones y el partido tenía una psicología de final. Era el Madrid más precavido de los últimos tiempos y el Bayern más valiente y alemán posible, pero lastrado con una salida de la jugada ya nada guardiolística.

En el Madrid la dificultad era también y sobre todo psicológica. Un exceso de respeto, con Bale, Asensio y Benzema mirando desde el banco. Rompió a jugar en el minuto 19, con una posesión larga por fin, y un pase de espaldas y de primeras de Modric. Mejoró el Madrid y comenzó a lucirle también la presión, el Bayern solo articulaba ya balones largos.

Pero cuando mejor estaba el Madrid llegó el gol de Kimmich. Se recorrió toda la banda y fallaron Marcelo y luego Keylor, que interpretó como un pase un tiro al primer palo. Los dos expiarían ese error después.

El Bayern volvió a rugir (pues es un equipo con esa propiedad), con el único contratiempo de la lesión de Boateng, sustituido también por problemas musculares. Ribery perdonó el segundo por un mal control y el Madrid entró en un bache profundo. Bastaba un pase largo para romperlo y hasta por la banda derecha se puso fea la cosa, y no solo por el aspecto no precisamente agraciado de Rafinha y Ribery. Cruzaron balones que Muller estuvo a punto de rematar.

Zidane puso a calentar a Asensio porque el equipo no tenía respuesta ni casi pulso.

Y cuando peor estaba el Madrid llegó el gol de Marcelo. Se le puede buscar sentido a esto, pero no lo tuvo: fueron goles contracíclicos. Balón de Carvajal, con amago de chilena de Cristiano y tiro lejano y ajustado con el que Marcelo se redimía. La historia reciente del Madrid europeo puede verse también como este tobogán acreedor-deudor del brasileño.

Goles de laterales para el empate. El Bayern lo intentó antes del intermedio: dos saques de esquina, dos ocasiones de Lewandowski y Muller. El Madrid temblaba por alto; las manos de Keylor aun blandeaban un poco.

Zidane no huyó en el descanso de las "reformas estructurales". No cambió de idea y sustituyó a Isco por Asensio.

El partido no cambió de repente, pero Asensio tenía el secreto de la eliminatoria. En la primera contra, un regalo de Rafinha tras un córner, marcó el 1-2, un ejemplo suyo de naturalidad y velocidad. Lucas acompañó su contra como Firmino a Salah. La pareja Lucas-Asensio son el "nuevo Casemiro", la apuesta de Zidane, su último Madrid. Lucas además se convierte en algo más que un jugador: un modo, un espíritu, una forma de ser.

El Bayern respondió con viejos recursos: orgullo, la amenaza flotante de Muller y los intentos de Ribery (arrugas junto a la cicatriz), que hizo lucirse a Navas varias veces.

Se aculaba el Madrid en exceso, y se arriesgaba, porque Muller pudo marcar en el área pequeña y protestó un posible penal; perdía además a Carvajal también con algo muscular. Los dos equipos forzaban sus límites.

Con espacio y disposición para las contras, Zidane no sacó a Bale, sino a Benzema. El Madrid fue subiendo el juego, saliendo del área gradualmente, pero sin llegar a dominar, sin llegar a combinar. Le bastó ponerse el mono, contagiarse de Lucas en una versión seria, secante, defensiva.

El Bayern no tenía, como si tenía el Madrid, recursos para transformar el partido desde el banco, y sus intentos se fueron agotando en tenacidad sin fútbol, ambición sin claridad. Muchas llegadas sin definición. Solo Lewandowski pudo marcar al final, pero lo vio todo amarillo por Keylor.

Se agigantó Ramos, se extenuó Lucas, presente desde el lateral hasta el extremo, alma los dos de un Madrid emocionante de otra manera, más el de los García que el de Di Stéfano; y ya fue un Madrid estrictamente serio, lejanamente familiar, o si no recuerden aquel de la primera semifinal de Zidane ante el City. Oficio para solo sufrir donde antes se ardía.