Maldivas: lo que no te imaginas del país más plano del mundo

Este fotogénico archipiélago formado por 1.200 islas es la traducción del paraíso, pero también el estado más pequeño de Asia y un santuario para los fans del buceo, la exclusividad y el mejor atún. Otra curiosidad: su pico más alto mide 2,3 metros

Es el país más plano del mundo (el pico más alto mide 2,3 metros). Y el más pequeño y menos poblado de Asia: tiene 298 kilométros cuadrados y 317.000 almas. También es uno de los más dispersos, lo que lo convierte, por extensión, en uno de los más seguros en el ranking internacional del Instituto para la Economía y la Paz. Normal. A ver quién es el listo capaz de huir de las Maldivas, ese archipiélago tropical compuesto por 1.190 islas distribuidas de forma desperdigada, fotogénica y vertical sobre el Índico, justo debajo de India y Sri Lanka.

De ellas, sólo 188 están habitadas y otras 122 son islas-resorts (no hay nada más) pertenecientes a las cadenas hoteleras más exclusivas del mundo. Eso sí, juntas abarcan el 1% del territorio total. El 99% restante es agua. Así es el paraíso. Porque no, las manidas postales de antaño y los fotones de Instagram de ahora, con o sin filtro incorporado, no exageran. Atardeceres de escándalo, atolones rodeados de impresionantes arrecifes de coral, blanquísimas playas coralinas, sesiones de yoga mirando al mar, mayordomo privado en idílicas water villas con bici en el porche y piscina infinita en la terraza, langostas a pie de playa... O mejor, atún, el pescado nacional. Lo desayunan, comen y cenan.

En Maldivas uno puede hasta practicar su swing en el primer campo de golf flotante del mundo, repartido por varias islas artificiales conectadas por tubos submarinos. En resumen, otro universo. Por algo es uno de los destinos preferidos de las celebrities para desaparecer unos días o despedir el año (de noviembre a abril, cuando no hay monzones, es la mejor época para ir). De los Beckham a Beyoncé o los duques de Cambridge, quienes pasaron aquí parte de su luna de miel. Porque ésa es otra: no hay lugar más glamoroso para los recién casados. Aunque no todos pueden permitírselo.

La noche en los mejores hoteles cuesta a partir de 1.000 euros con pensión completa (400 con alojamiento y desayuno). En ellos uno encuentra sin problemas alcohol y carne de cerdo pese a estar en un estado musulmán, el más pequeño del planeta, por cierto. En el resto, ni rastro. De hecho, está prohibido introducirlos. Los requisan en el aeropuerto. Sólo pueden ofrecerlo los resorts previo pago de un considerable impuesto.

Es lo que tiene el paraíso... Y el nivel de los hoteles. "El concepto de cinco estrellas se queda corto. Aquí ya se habla de siete", cuenta Lynette Chang, responsable de Guest experience (o cómo mimar de forma personalizada al huésped) de The Residence Maldives by Cenizaro, incluido en el top ten de los resorts de lujo del país. Ocupa una isla entera, Falhumaafushi, situada en el atolón de Gaafu Alifu, uno de los 26 en los que se divide administrativamente el estado, que hasta 1965 fue británico. La capital/isla es Malé, en cuyos 5,7 km2 reside un tercio de los maldivianos.

Así que aquí va otro tanto para el Libro Guinness: es una de las ciudades más densamente pobladas del planeta. Ni siquiera cabe el aeropuerto. Está en otra isla, a la que se llega en ferry. Y los coches, cuanto más pequeños, mejor. Por eso, es el reino de las motocicletas. Por familia no hay menos de cuatro. Basta alejarse un poco para vislumbrar esas aguas tan turquesas, cristalinas y cálidas (como dato curioso, los trajes de neopreno para bucear o surfear aquí son de media manga; suficiente con los 27 ó 28 grados que gasta el mar de media).

Lo de salvaje está justificado porque en pocos lugares se puede alternar con 1.000 especies de peces, ya sea dándole al snorkel o al submarinismo, las actividades favoritas de los viajeros junto al surf o el kayak. Ya lo dijo el oceanógrafo Jacques Cousteau: "Son las islas más hermosas para practicar el buceo". Marco Polo, por su parte, las describió como la "flor de las Indias". No en vano, el nombre de Maldivas significa en sánscrito "guirnalda" de flores.

Y eso es lo que se ve desde arriba, desde el avión. O hidroavión, porque (otro récord) es uno de los sitios donde más operan. Pero volvamos a las inmensidades submarinas porque hay de todo ahí abajo, empezando por el pez más grande del planeta, el tiburón ballena, que puede medir hasta 12 metros de largo. Es más, según el Programa de Investigación de este animal en Maldivas, atrae cada año a 80.000 turistas, dejando ocho millones de euros a las empresas que organizan safaris para verlos.

Los otros, los tiburones más pequeños y de puntas blancas, también hacen acto de presencia en bandadas en cuanto el bañista se calza las gafas de snorkel. No hace falta ni botella de inmersión. "Calma, que son bebés y no les gustan los humanos", suelta el suizo Vincent Kuhnis, director e instructor del centro de buceo Euro-divers, situado en la isla de Falhumaafushi, ante la mirada perpleja de sus pupilos. El aviso previo lo lanza desde un dhoni, uno de los tradicionales veleros fabricados a mano con la madera de los cocoteros que salpican las Maldivas.

Añade otro dato tranquilizador: hace más de cuatro décadas que no hay ningún ataque de tiburones en la zona. Una vez en el agua, se puede ver cómo campan a sus anchas barracudas, mantarrayas, peces vela, unicornio, payaso, mariposa o tigre, tortugas marinas... Hasta hace no tanto tiempo era posible pescar estas últimas y después comérselas. Ya no. Al Gobierno no le ha quedado otra que ponerse serio con los asuntos medioambientales, ya que si el cambio climático continúa con sus zarpazos (y subiendo el nivel de mar), en cien años podrían desaparecer las Maldivas anegadas bajo las aguas. De ahí que ya se haya reservado una partida presupuestaria a la posible compra de un terreno para mudarse en un futuro. Todo, con tal de seguir disfrutando del paraíso...