Hay
enfermedades que matan. Hay otras que no matan pero que, sin embargo, pueden
arruinar la vida en cuotas. El síndrome de Sjögren está en esa segunda
categoría: una enfermedad autoinmune, crónica, caprichosa y mayoritariamente
femenina, que seca la boca, los ojos y hasta las ganas. No es noticia porque no
tiene glamour ni ocupa titulares. Pero afecta a millones. Durante años, se la
trató como se trata a los problemas sin solución: aplacando los síntomas, dando
vueltas en círculo, con saliva artificial y paciencia. Los médicos sospechaban
que algo se rompía en las uniones entre células de las glándulas salivales,
pero nadie sabía exactamente qué ni por qué.
Recientemente,
un equipo de científicos del Hospital de China Occidental de la Universidad de
Sichuan logró identificar la proteína que se pierde cuando el cuerpo empieza a
secarse desde adentro. Se llama tricelulina. Es microscópica y absolutamente
fundamental. Sin ella, las células no se sellan. Y sin ese sello, se pierde la
capacidad de producir saliva. Así de simple. Y así de devastador. Pero eso no
es todo. Lo realmente importante es esto: en modelos de laboratorio, lograron
revertir el daño. No contenerlo, no maquillar los síntomas. Revertirlo.
La trastienda molecular
El estudio
explica que cuando la tricelulina se pierde —algo que ocurre en las primeras
etapas del Sjögren—, las uniones tricelulares se abren como cremalleras rotas.
Por ahí se filtran proteínas que no deberían estar, se corta la producción de
saliva y todo el sistema glandular se vuelve una ruina.
Publicado en
el International Journal of Oral Science, el trabajo muestra cómo la
inflamación —y en particular una molécula conocida como interferón gamma
(IFN-γ)— activa una vía molecular (JAK/STAT1), que a su vez dispara la
producción de un microARN: el miR-145. Esta molécula, como un hacker, ataca el
ARN mensajero de la tricelulina y bloquea su fabricación. Resultado: fuga, daño
y sequedad. Dicho de otro modo: el cuerpo sabotea su propio sistema de
hidratación.
El equipo
chino no se quedó en el diagnóstico. Fue por más. Usaron dos estrategias
distintas en ratones genéticamente modificados para simular el síndrome de
Sjögren: un inhibidor experimental llamado AT1001, que repara las uniones
celulares, y un bloqueador del microARN-145, que impide la destrucción de la
tricelulina. Ambos tratamientos funcionaron. Restauraron la secreción salival,
repararon la estructura dañada y, por primera vez, dejaron ver una luz al final
del túnel para una enfermedad que hasta ahora solo se arrastraba entre
soluciones parciales.
Lo que viene
es tan científico como político: ensayos clínicos en humanos, aprobación de
fármacos, intereses cruzados y, si hay suerte, terapias accesibles. Pero el
rumbo ya cambió. En ese sentido, la investigación también deja abierta la
puerta a tratar otros desórdenes que afectan a las barreras epiteliales, como
la sequedad ocular o algunas enfermedades gastrointestinales. Y plantea otra
posibilidad más interesante: detectar precozmente la pérdida de tricelulina y
frenar la progresión del Sjögren antes de que el daño sea irreversible.
Con todo,
ahora toca esperar. Pero por primera vez, hay una esperanza que tiene saliva
para contarse.
Info: María Ximena Perez –
Agencia de Noticias Científicas