Alimentarnos
es una necesidad básica para nuestra supervivencia; pero, sin duda, también es
un placer. Cuando la línea divisoria entre el hambre físico y el hambre
emocional se desdibuja, pueden surgir problemas. Si en ocasiones sientes que no
puedes dejar de comer, aquí te explicamos por qué.
La
alimentación es la forma en la que llenamos nuestro cuerpo de "combustible"
para funcionar en el día a día. Idealmente esta alimentación debería aportarnos
los nutrientes para mantener un buen estado físico y psíquico. Sin embargo,
vivimos en una sociedad apresurada y desconectada, en la que las tentaciones
culinarias poco saludables son muchas.
La causa de
una mala alimentación puede encontrarse directamente en el plano psicológico.
La mayor parte de las veces, cuando una persona come de más, no lo hace porque
sienta un hambre física desmedida. Generalmente el problema se encuentra en una
insana relación psicológica con la comida.
Excesiva restricción
Por todos es
sabido que la sociedad impone unos estándares de belleza que, de forma más o
menos clara, todos intentamos cumplir. Pero la cuestión no se limita únicamente
al aspecto estético, muchas veces por motivos de salud deseamos bajar de peso.
Para lograrlo,
ponemos en marcha diversos mecanismos de restricción alimentaria, saltándonos
algunas comidas o dejando de comer grandes grupos de alimentos. Ante este
cambio drástico e insostenible, nuestra mente se revela y nos empuja a ingerir
alimentos de forma compulsiva tras un periodo de restricción. Y son
precisamente las categorías de alimentos que nos hemos prohibido la que más
deseamos asaltar sin control.
El problema
radica en que, en algún punto, perdimos de vista la función real de la comida.
Los alimentos no son enemigos, son necesarios para nuestro bienestar. Si
padecemos un problema de sobrepeso, la solución nunca será condenar algunos
grupos de alimentos ni imponernos un nivel de restricción que no podamos
soportar. La única salida se encuentra en establecer una relación sana con la
comida.
El proceso
pasa inevitablemente por un cambio de creencias, en que comencemos a ver los
alimentos como aliados para nuestra salud. En el que logremos comenzar a comer
de una forma consciente y equilibrada. Y, por supuesto, en el que aceptemos que
un proceso sano de pérdida de peso es gradual, no inmediato, y se basa en un
cambio de hábitos a largo plazo en lugar de una dieta imposible y puntual.