En la escucha
de las primeras estrofas, nada hace pensar que se trata de una historia
trágica. Es, simplemente, el recuerdo de un hombre que evoca tiempos de
muchacho enamorado.
"Tengo esa
nostalgia de domingo por llover. / De guitarra rota, de oxidado carrusel. / Ay,
Alelí, pobre de mí. / Yo te desnudaba para ver cómo era el mar. Y el mar se
enredaba a mis deseos de volar", escribió Heredia. Pero luego hacia el
final, termina develando el misterio que está detrás de aquellos recuerdos. "Esta
noche quiero que bailemos otra vez. La canción que el viento nos cantaba en el
ayer / Ya sabrá el infierno cómo hacer para aceptar/ que bailé en mi celda con
tu sombra, sin parar"
La historia de
Juan Figueroa es muy popular en Salta. "Ayer por la tarde [29 de marzo de
1903] algunos menores, hijos del administrador del Cementerio, en
circunstancias que se dirigían a bañarse en la corriente de agua de La Zanja
del Estado, en la dirección de la calle San Luis, a una corta distancia del
este del Puente denominado Blanco, sintieron un olor nauseabundo que parecía
salir del medio de los yuyos de ese punto -consignaba el diario salteño La
Montaña. Los menores de referencia dieron aviso a sus padres del hallazgo
fúnebre y acto continuo éste se apresuró a dar cuenta a la policía".
Luego de la
autopsia -y tras la denuncia por desaparición, realizada por un familiar- se
determinó cuatro días después que se trataba de una joven de 22 años llamada
Juana Figueroa. El principal sospechoso, su esposo, Isidoro Heredia, 10 años
mayor que ella, terminó confesando el crimen que tuvo gran repercusión por el
grado de violencia contra la mujer (había desfigurado su rostro con una barra
de hierro). Desde entonces, se tejieron las más variadas teorías sobre el
crimen. Se habló de un hombre -para la mayoría era carpintero, según otros,
albañil- absolutamente celoso y violento de quien Juan logró escapar. También
se dijo que la joven mantenía un romance con otro hombre (de apellido Cáceres o
Casares), con quien habría huido a Buenos Aires. Al tiempo, Juana regresó a
Salta y se instaló en La Merced, cerca de la capital provincial.
Más allá de
que no habría contradicción en estas historias, la veracidad que se le quiera
dar a una u otra darán cuenta de cómo se han querido interpretar los hechos. Si
bien no se defiende de manera explícita al asesino, que debió cumplir una
condena de 10 años, ha quedado sobrevolando esa idea del pobre hombre engañado.
En 1961, con música de José J. Botelli y letra de José Ríos, se conoció una
canción sobre esta historia. Una de las estrofas de esa zamba dice: "Juana
Figueroa, ¿dónde te has ido? ¿Pues qué camino has de volver, para encontrarte
con tu marido, que ya anda viejo de padecer?"