El indulto que
el presidente de EE.UU., Donald Trump, le otorgó al expresidente de Honduras
Juan Orlando Hernández (2014-2022), quien había sido condenado por delitos de
narcotráfico, revivió otros casos que han evidenciado las contradicciones de la
supuesta guerra contra las drogas.
La semana
pasada, de manera sorpresiva, Trump se involucró de lleno en el proceso
electoral de Honduras, apoyó al candidato ultraconservador Nasry Asfura
(Partido Nacional) y anunció el indulto a Hernández, quien había sido condenado
a 45 años de prisión por haber recibido sobornos para permitir el tráfico de
cocaína desde el país centroamericano hacia EE.UU.
El caso provocó
una polémica porque Trump tomó la insólita decisión, en medio de su renovada
"guerra narco", que incluye sanciones arancelarias a países como
México supuestamente por no combatir a los cárteles; operativos armados contra
lanchas en el Mar Caribe y el Océano Pacífico, que han dejado un saldo de
decenas de muertos; y amenazas directas contra Venezuela. Congresistas
demócratas advirtieron que el indulto demostraba la "hipocresía" del
presidente.
Además, Trump
ha calificado sin pruebas a los presidentes de Colombia, Gustavo Petro, y de
Venezuela, Nicolás Maduro, de ser narcotraficantes, pero la historia demuestra
que, en realidad, EE.UU. ha protegido a políticos vinculados con el
narcotráfico cuando sirvieron a sus intereses.
Panamá
Uno de los
casos más recordados es el de Panamá, durante el Gobierno de Manuel Noriega
(1983-1989), quien fue reclutado como informante de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) cuando estudiaba en una academia militar en Perú.
De hecho,
Noriega fue uno de los alumnos de la tristemente célebre Escuela de las
Américas, el centro de reclutamiento donde EE.UU. entrenó a militares y
policías latinoamericanos en 'estrategias de contrainsurgencia', que consistían
en el uso de la tortura y las ejecuciones sumarias, y que se convirtieron en
noma para las dictaduras de los años 70 y 80 del siglo pasado.
Fue justo en
esos años en los que, a fuerza de represión, sin elecciones de por medio,
Noriega se convirtió en el hombre más poderoso de Panamá con el aval de la CIA,
que estaba sumida en el combate contra los sandinistas de Nicaragua.
La agencia
estadounidense protegía a Noriega, a pesar de que tenía vínculos con el Cártel
de Medellín y de que era una pieza clave para el tráfico de cocaína de Colombia
a EE.UU., un país que en esa época enfrentó una epidemia de consumo de esa
droga.
No obstante,
en ese momento a EE.UU. le importaba más echar a los sandinistas que combatir
al narco. Por eso, el Gobierno de Ronald Reagan no dudó en financiar a "la
contra" nicaragüense con un sucio negocio.
De este modo,
los aviones estadounidenses que llevaban armas al país centroamericano volvían
a EE.UU. cargados con drogas que, en muchos casos, pasaban por Panamá con la
anuencia de Noriega. Gran parte de los millones de dólares que implicó la
operación ilegal también se quedó en sus manos.
"Todos
en Panamá —todos en el Departamento de Estado, todos en las Fuerzas Armadas—
estaban convencidos de que Noriega y su gente dejaban pasar estas drogas",
declaró Arthur H. Davis Jr., embajador en Panamá de 1986 a 1990.
La complicidad
de EE.UU. con Noriega terminó a finales de los 80 de la manera más brutal: con
una invasión de tropas estadounidenses a Panamá que puso fin a la dictadura. En
1992, el antiguo alumno de la CIA fue condenado a 40 años de prisión por
múltiples cargos, incluido el tráfico de drogas.