Después de
años de perfeccionar su estilo con una fuerte impronta jazzística y académica,
Reichembach sintió la necesidad de volver a las raíces. Se permitió conectar
con la música que lo había marcado en su adolescencia, como Jimi Hendrix, Deep
Purple y Led Zeppelin. "Decidí, por fin, hacer lo que realmente quería, lo
que siempre me gustó, lo que siempre escuché", explica. Pero, lejos de un
simple homenaje, su búsqueda no es la de un imitador, sino la de alguien que
reinterpreta esas influencias desde su propio lenguaje, fusionando el rock con
el jazz, el blues y otros géneros que exploró a lo largo de su carrera.
Su nuevo disco
es una declaración de principios. No es casualidad que haya elegido su propio
nombre para bautizarlo: es una forma de reconectar con su esencia. "Recordé
al chico de 15 o 16 años que escuchaba a Jimi Hendrix y pensaba: 'Yo quiero
hacer esto'", dice. En aquel entonces, pasaba horas con la guitarra en las
manos, obsesionado con encontrar una identidad propia. Años después, el camino
de la música lo llevó a formarse en Brasil, donde la estructura académica lo
alejó parcialmente del rock y lo acercó a la música clásica, el jazz y el
blues.
Más allá del
virtuosismo y las influencias musicales que lo marcaron, en este álbum hay un
mensaje más profundo. Para Reichembach, el arte es una forma de sacudir
conciencias, de invitar a otros a mirar la realidad desde otro ángulo. "Creo
que el ser humano tiene que dejar algo en este mundo, más allá de solo tener un
trabajo y vivir -dice-. Y siento que mucha gente no hace eso. Con mi arte,
intento, indirectamente o directamente, hacerte despertar, que empieces a ver
el mundo desde otro lugar, que entiendas que hay algo más allá de lo que ves o
sientes. No te estoy diciendo qué hacer, solo quiero que sepas que hay algo
más".
Dentro de esa
exploración, hay una influencia que sobresale y que se filtra en varias de sus
letras: la civilización Tartaria. Para él, se trata de un enigma fascinante, un
conocimiento que, de alguna manera, fue ocultado. "Eran muy avanzados, tanto
espiritualmente como en términos de tecnología -cuenta-. Por ejemplo, hace más
de 100 años, ya existían autos que flotaban, algo impensado hoy en día. También
tenían acceso a energía libre, sin necesidad de servicios. Y, sin embargo, hoy
ya no existe eso. ¿Por qué será? Es una gran pregunta".
Su
acercamiento a estos temas no fue casual. Reichembach siempre sintió la
necesidad de ir más allá de lo que le ofrecían las explicaciones convencionales.
"Todo comenzó con mi búsqueda espiritual -dice-. Al no encontrar
información accesible, empecé a investigar por mi cuenta. Mucho de esto está
muy oculto, pero con el tiempo, y al conectarme con personas que investigan
estos temas, pude llegar a esa información".
Sin embargo,
ahora siente que todo ese recorrido desemboca en este punto, donde vuelve a
abrazar sus primeras pasiones sin renunciar a todo lo aprendido. "Ese chico
era muy idealista, soñador -recuerda-. Se levantaba todos los días con
la idea de conseguir algo, de ir a buscar sus sueños". Hoy, con la madurez
que dan los años, siente que su búsqueda no cambió tanto. La diferencia es que
ahora ya no necesita demostrar nada: solo hacer la música que realmente lo
representa.
Desde chico, Maycown
Reichembach sintió que su manera de ver el mundo era distinta. No mejor ni
peor, simplemente diferente. Siempre tuvo una sensibilidad especial hacia lo
que va más allá de lo tangible, una inquietud espiritual que, con el tiempo,
encontró su manera de expresarse a través de la música. Su nuevo disco es, en
parte, el resultado de esa búsqueda. "Siempre quise hablar de eso,
transmitir algo relacionado con esa visión del mundo -explica-. Es algo que
tengo adentro y que quería compartir".
Para él, la
música es una forma de canalizar todo ese conocimiento, de poner en palabras y
sonidos una visión del mundo que no suele encontrarse en la superficie. Su
nuevo disco no solo es un homenaje a sus raíces musicales, sino también un
puente hacia esa otra realidad que siempre permaneció latente.
A lo largo de
su carrera, Maycown Reichembach recibió varios apodos, pero hay uno que se
destaca por sobre el resto: el mago de la guitarra fusión. Un título que, si
bien le halaga, no termina de definirlo del todo. "No me considero un mago
en el sentido literal -aclara entre risas-, pero sí me siento como un
creador, un realizador de arte. Después de 25 años haciendo esto, uno adquiere
una destreza única, y eso me lleva a un lugar privilegiado, por decirlo de
alguna forma. Tal vez por eso no sorprende que el disco cierre con "The
Wizard", un tema que, de alguna manera, encapsula ese concepto de la
transformación artística y la búsqueda interior."