Masticar
chicle es un hábito cotidiano que pocas veces se cuestiona. Se hace casi por
reflejo, sin detenerse a pensar en lo que realmente se está consumiendo. Sin
embargo, un reciente estudio de la Universidad de California en Los Ángeles
(UCLA) revela un dato inquietante: cada chicle podría liberar miles de
microplásticos en la boca.
Según los
investigadores, al masticarlo, se desprenden cientos de partículas plásticas
que terminan en la saliva y, eventualmente, en el organismo. El estudio,
presentado en la reunión de primavera de la Sociedad Química Estadounidense
(ACS) de 2025, analizó diez marcas de chicles, tanto sintéticos como de goma
natural.
Para evaluar
la cantidad de microplásticos liberados, los participantes masticaron cada
muestra durante cuatro minutos, mientras los científicos recolectaban saliva
cada 30 segundos. Los resultados fueron sorprendentes. En promedio, cada gramo
de chicle liberó alrededor de 100 microplásticos, aunque en algunos casos se
detectaron hasta 600. Extrapolando estos datos, una persona que mastica chicle
con frecuencia podría estar ingiriendo hasta 30 mil partículas plásticas al
año.
El análisis
químico de los microplásticos encontrados reveló la presencia de poliolefinas
como el polietileno y el polipropileno, además de tereftalatos de polietileno
(PET) y poliacrilamidas. Según los expertos, la mayoría de estas partículas se
desprenden en los primeros ocho minutos de masticación debido a la fricción y
la acción de la saliva. Lo más sorprendente fue descubrir que incluso los
chicles elaborados con goma natural contienen microplásticos, lo que sugiere
que la contaminación podría originarse en el proceso de fabricación.
Riesgo para la salud
Si bien el
estudio confirma que el consumo de chicle implica la ingesta involuntaria de
plástico, los investigadores advierten que aún no se conocen con certeza sus
efectos sobre la salud. La preocupación radica en la posibilidad de que, además
de microplásticos, los chicles liberen nanoplásticos, partículas diminutas
capaces de ingresar al torrente sanguíneo. No obstante, hasta el momento no
existen pruebas concluyentes sobre el impacto que estos compuestos podrían tener
en el organismo.
Ante este
panorama, los expertos sugieren moderar el consumo de chicle y prolongar la
masticación de una sola pieza en lugar de ingerir varias en un corto período de
tiempo. Además, insisten en la importancia de desecharlo de manera adecuada, ya
que el plástico que entra en la boca es solo una fracción del que termina en el
medio ambiente.
Los
microplásticos están en todas partes: en el agua que se bebe, en el aire que se
respira, en los océanos que devuelven lo que la humanidad olvida. Sin embargo,
el hallazgo de estas partículas en la saliva tras masticar chicle plantea una
nueva preocupación. Más allá del daño ambiental conocido, se suma la
posibilidad de que estos residuos plásticos ingresen directamente en el cuerpo
de formas inesperadas.
Se sabe que
los microplásticos pueden introducirse en los tejidos humanos, cruzar barreras
biológicas y generar procesos inflamatorios. Aunque los efectos a largo plazo
aún están en estudio, su presencia masiva en el ambiente y en el organismo es
una señal de alerta.
Con todo, el
chicle sigue ahí, en los kioscos y en los bolsillos, con sus colores vibrantes
y sus promesas de frescura. Pero ahora, cada vez que alguien lo mastique,
quizás sepa que también está masticando el rastro de un mundo que, poco a poco,
se llena de lo que no puede desaparecer.
Info: María Ximena Perez