Economía de la telepatía

Los experimentos para conectar el cerebro humano con las máquinas abren tantos interrogantes económicos y laborales como éticos y morales

La conexión de nuestro cerebro con las máquinas ya no es una ocurrencia de Netflix, Amazon o HBO. Es una promesa cercana que, según los analistas, puede marcar el comienzo de la era de la telepatía. No es ni una broma ni una exageración. Los últimos desarrollos en este terreno invitan a la reflexión, por ejemplo, por los avances en el tratamiento de pacientes con patologías mentales, pero, también -por sorprendente que parezca- por la potencialidad de controlar objetos a distancia... solo con la mente humana.

Son muy relevantes en esta investigación la inteligencia artificial y la computación cuántica, esto es, un paradigma distinto del clásico que no se basa en los bits, sino en los cúbits, y que origina lógicas que hacen posibles nuevos algoritmos. El objetivo de estos proyectos, en los que están trabajando los gigantes digitales de Silicon Valley, es emancipar cognitivamente a cientos de millones de personas.

Gracias a este extra artificial, los sujetos en cuestión serían mucho más inteligentes, procesarían más información y con mayor eficiencia y, por este motivo, tomarían decisiones -casi siempre- acertadas. Sin embargo, ¿qué sucedería si todos los individuos del planeta tuviesen las mismas capacidades? Es decir, ¿si apenas pudiesen diferenciarse entre sí?

De acuerdo con la teoría del mercado de los salarios, la cantidad que se le paga a cada empleado se determina en parte por el número de candidatos disponibles para su puesto. Así pues, las interfaces cerebrales impulsadas por la inteligencia artificial alterarían drásticamente los fundamentos de la economía. Nunca antes habría habido una mano de obra tan cualificada... y, a la vez, tan masiva.

En ese caso, ¿por qué las empresas tendrían que recompensar a nadie con un buen sueldo? Total, el resto de aspirantes serían como él. Además del problema que acabamos de comentar, las amenazas que se ciernen sobre esta industria incipiente son las clásicas en el sector tecnológico: la seguridad, la vigilancia y la privacidad.

Los científicos y los profesionales están estudiando cómo podrían proteger estos cerebros intervenidos de la corrupción y los virus, e igualmente del control remoto por parte de los intrusos y los invasores. En lugar de piratear los teléfonos móviles, los ordenadores o las redes informáticas de organizaciones, edificios o ciudades enteras, los hackers querrían entrar en las mentes de la gente. Y cabría el riesgo de que nos generasen recuerdos ficticios y pensamientos falsos. Espeluznante.